El primer amor es siempre el último.
San Francisco, California
Verano de 1995
Gabrielle tiene veinte años, es americana, estudiante de tercero en la Universidad de Berkeley. Ese verano lleva a menudo unos vaqueros claros, una blusa blanca y una cazadora de cuero entallada. Su largo pelo liso y el verde de sus ojos con reflejos dorados, la hacen parecerse a las fotos de Françoise Hardy tomadas por Jean-Marie Périer en los años sesenta. Ese verano reparte sus días entre la biblioteca del campus y su trabajo como bombera voluntaria en el parque de bomberos de California Street.
Ese verano va a vivir su primer gran amor.
Martin tiene veitiún años, es francés y acaba de obtener su licenciatura de Derecho en la Sorbona. Ese verano se ha marchado solo a Estados Unidos para perfeccionar su inglés y recorrer el interior del país. Como no tiene un duro, encadena currillos durante más de setenta horas a la semana: camarero, vendedor de helados, jardinero...
Ese verano su corta melena negra le da un aire a Al Pacino en sus comienzos.
Ese verano va a vivir su último gran amor.
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